Una empresa tecnológica estaba trabajando en un proyecto de desarrollo de software a medida para un cliente importante. El equipo era técnicamente muy bueno. Gente comprometida, con experiencia, que sabía lo que hacía.

Pero el proyecto estaba estancado.

No había un problema de talento. El problema era otro.

Qué estaba pasando realmente

Desde fuera parecía que todo avanzaba. Había reuniones, había commits, había movimiento. Pero cuando mirabas el proyecto con perspectiva, la realidad era muy diferente:

  • El backlog era inmanejable. Se agregaban tareas nuevas todo el tiempo, sin cerrar las anteriores. Cada semana había más ítems abiertos que la anterior.
  • No había un plan real de entregas. La estrategia era "avanzar lo más posible". Sin fechas concretas, sin hitos definidos, sin compromisos medibles.
  • Cada reunión con el cliente terminaba con nuevas ideas... y más confusión. En lugar de validar lo hecho, se sumaban cambios. El alcance crecía y nadie lo controlaba.
  • Los devs estaban frustrados. Sentían que trabajaban muchas horas pero no se veía progreso real. La motivación caía semana a semana.
  • Nadie tenía claro qué se consideraba "terminado". No había criterios de aceptación compartidos. Lo que para el equipo estaba hecho, para el cliente no lo estaba.

¿Te suena? Es más común de lo que parece. Y no es culpa de nadie en concreto. Es un problema de gestión.

Qué se hizo para cambiar las cosas

No se contrató más gente. No se cambió de tecnología. No se rehizo nada desde cero. Lo que se hizo fue poner orden en la forma de trabajar:

  • Se definieron entregables por ciclos de trabajo, claros y visibles para todos. Cada sprint tenía un objetivo concreto que el cliente podía ver y validar.
  • Se implementó un proceso para gestionar cambios sin romper la planificación. Las nuevas ideas del cliente dejaron de entrar directamente al sprint y pasaron por un proceso de evaluación y priorización.
  • Se creó un canal y formato de comunicación regular con el cliente. No todo tiene que ser una reunión urgente. Se establecieron reportes semanales claros y demos cada dos semanas.
  • Se trabajó con el equipo para que Jira fuera útil, no un castigo. Se simplificaron los flujos, se limpiaron los tableros y se convirtió la herramienta en un aliado real del equipo.
  • Se establecieron criterios de aceptación compartidos. Antes de empezar cualquier tarea, todos sabían exactamente cuándo algo se consideraba "hecho". Sin ambigüedades.
  • Y sobre todo: se priorizó VALOR, no tareas. Se dejó de medir el progreso por el número de tickets cerrados y se empezó a medir por el valor entregado al cliente.

Los resultados: 4 semanas después

Cuando la empresa por fin tomó acción, los resultados no se hicieron esperar.

Lo que cambió en solo un mes

  • El cliente empezó a recibir entregas tangibles con feedback visible. Por primera vez en meses, podía ver progreso real y dar retroalimentación concreta.
  • El equipo recobró el control y la motivación. Saber qué hay que hacer, por qué y cuándo marca una diferencia enorme en la moral de un equipo.
  • Se dejó de apagar incendios. Se pasó de reaccionar a construir con sentido. Las reuniones dejaron de ser sesiones de crisis y se convirtieron en sesiones de avance.
  • Se recuperó la confianza entre todas las partes. El cliente volvió a confiar en el equipo. El equipo volvió a confiar en el proceso. Y la dirección volvió a tener visibilidad.

Un cambio en la gestión hizo una diferencia enorme. No fue magia. Fue estructura, foco y comunicación.

La lección que deja esta historia

El talento técnico es imprescindible, pero no es suficiente. Puedes tener a los mejores desarrolladores del mundo, pero si no hay una gestión de proyecto clara, los proyectos se estancan. Es así de simple.

Lo que diferenció a esta empresa no fue un cambio de equipo ni una inversión millonaria. Fue poner a alguien que se encargara de lo que nadie estaba haciendo: gestionar. Planificar entregas. Controlar el alcance. Comunicar con claridad. Priorizar lo que importa.

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